Más de 3,2 millones de personas participaron en el ejercicio; la nueva alerta móvil alcanzó a más de la mitad de la población y se probaron drones de respuesta. Sin embargo, la ausencia de resultados públicos sobre tiempos de evacuación, fallas regionales y desempeño de infraestructuras impide afirmar que el país esté completamente preparado.
Santo Domingo.– República Dominicana realizó el mayor simulacro de evacuación sísmica de su historia con una participación superior a 3,2 millones de personas. El ejercicio permitió probar mecanismos de alerta, rutas de evacuación y nuevas herramientas tecnológicas, pero también dejó una pregunta que debe responderse con datos y no solamente con percepciones: ¿está el país realmente preparado para enfrentar un terremoto de gran magnitud?
La sexta edición del Simulacro Nacional de Evacuación por Terremoto comenzó simultáneamente a las 10:00 de la mañana del 8 de septiembre y movilizó a instituciones públicas, empresas privadas, centros educativos, organizaciones sociales y familias. El ejercicio fue coordinado por el Centro de Operaciones de Emergencias, con la participación de la Defensa Civil, el Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1 y otras entidades estatales.
El presidente Luis Abinader valoró la convocatoria y sostuvo que el ejercicio tuvo un alcance más amplio que los desarrollados anteriormente. El mandatario afirmó que estas prácticas permiten adquirir conocimientos, comprender cómo actuar y fortalecer la capacidad de proteger la vida propia y la de otras personas.
Abinader señaló que la preparación debe mantenerse de manera permanente, mediante la aplicación de mejores técnicas y procedimientos. La realización de un simulacro, sostuvo, no puede considerarse un hecho aislado, sino parte de una política continua de prevención.
Una movilización histórica
De acuerdo con las cifras comunicadas después del ejercicio, más de 3,2 millones de personas participaron en todo el territorio nacional, superando la convocatoria de las cinco ediciones anteriores.
El director del COE, Edwin Olivares, calificó el resultado como un avance en la preparación colectiva, aunque recordó que la prevención no corresponde solamente a los organismos estatales.
“La preparación es una responsabilidad de cada uno de los dominicanos”, declaró Olivares. El funcionario añadió que República Dominicana se encuentra expuesta a diferentes amenazas naturales: “Nosotros somos una isla que tiene todos esos riesgos”.
La masividad es un indicador positivo. Una población que reconoce una alarma, identifica una ruta de salida y sabe dónde reunirse puede reducir el caos durante una emergencia. Sin embargo, el número de participantes no mide por sí solo la calidad de la respuesta.
Para saber si el ejercicio fue verdaderamente exitoso, también es necesario determinar cuánto tiempo demoró cada institución en evacuar, cuántas personas utilizaron rutas incorrectas, qué obstáculos fueron encontrados, cómo fueron asistidas las personas con discapacidad y qué ocurrió en los lugares que no contaban con brigadas capacitadas.

La alerta llegó a más de la mitad, pero no a todos
Una de las principales innovaciones fue la utilización del sistema Cell Broadcast, tecnología que permite enviar mensajes de emergencia simultáneamente a los teléfonos móviles situados dentro de una zona geográfica.
Según el informe oficial, el mensaje del simulacro fue recibido por más del 50 % de la población dominicana. El resultado demuestra que el sistema puede alcanzar rápidamente a millones de personas, pero también revela que una parte considerable de la población no recibió la notificación.
La cobertura parcial puede estar relacionada con la compatibilidad de los equipos, la configuración de los teléfonos, el alcance de las redes, la ubicación de los usuarios o el proceso todavía progresivo de implementación. Estas variables deberán ser identificadas antes de considerar la herramienta como un sistema plenamente nacional.
Una alerta efectiva debe ser rápida, comprensible, accesible para personas con discapacidad y capaz de llegar incluso cuando las redes tradicionales estén congestionadas. También requiere mecanismos complementarios: sirenas, radios, altavoces, comunicación comunitaria y protocolos internos en hoteles, escuelas, hospitales, aeropuertos y grandes empresas.
El simulacro permitió, además, probar el sistema VAPRE-M2, una plataforma de drones de despliegue autónomo que transmite imágenes y video en tiempo real al centro de despacho del 9-1-1. La infraestructura disponible cubre actualmente más del 85 % del Distrito Nacional, pero todavía no posee ese mismo alcance en todo el país.
Evacuar rápido, pero sin generar otro peligro
Christopher del Villar, encargado de la Brigada de Emergencia del Ministerio de Interior y Policía, explicó que el ejercicio transcurrió con calma y que uno de sus objetivos fue reducir los tiempos de evacuación.
La rapidez es importante, pero los estándares internacionales establecen que durante el movimiento sísmico no siempre corresponde correr inmediatamente hacia las salidas. Si existe una sacudida fuerte, la conducta recomendada dentro de una edificación es agacharse, cubrirse y sujetarse, protegiendo principalmente la cabeza y el cuello. La evacuación debe comenzar cuando termine el movimiento y las rutas sean razonablemente seguras.
Salir durante la sacudida puede exponer a las personas a vidrios, partes de fachadas, luminarias, objetos desprendidos, postes y cables eléctricos. Del mismo modo, utilizar ascensores, empujar, regresar por pertenencias o bloquear escaleras puede transformar la evacuación en una segunda emergencia.
Por esa razón, un simulacro completo debe medir dos momentos diferentes: la autoprotección durante la sacudida y la evacuación posterior. También debe comprobar si las personas permanecen en los puntos de encuentro hasta ser contabilizadas y si existe un procedimiento para reportar ausentes o lesionados.
Las preguntas que el simulacro debe responder
Antes de declarar que una institución está preparada, cada empresa, escuela, hotel, edificio residencial u organismo público debería responder afirmativamente las siguientes preguntas:
- ¿Existe un plan de emergencia escrito, actualizado y conocido por todos?
- ¿Las rutas de evacuación están señalizadas, iluminadas y libres de obstáculos?
- ¿Se conoce la capacidad de las escaleras y el tiempo necesario para desalojar el edificio?
- ¿Hay brigadistas identificados y entrenados en primeros auxilios, incendios y búsqueda inicial?
- ¿Existe un procedimiento para personas con movilidad reducida, niños, adultos mayores y visitantes?
- ¿Cada piso o área tiene responsables de verificar que nadie quede rezagado?
- ¿Se han fijado puntos de encuentro alejados de fachadas, postes, cristales y cables?
- ¿Hay medios alternativos de comunicación si fallan la electricidad, Internet y la telefonía?
- ¿El edificio ha sido evaluado desde el punto de vista estructural y cumple las normas sísmicas?
- ¿Después del simulacro se elaboró un informe con fallas, responsables y fechas de corrección?
La Oficina Nacional de Evaluación Sísmica y Vulnerabilidad de Infraestructura y Edificaciones advirtió que el ejercicio no debía asumirse como un acto simbólico. “Es momento de poner a prueba tu plan familiar, laboral o escolar; practicar la ruta de evacuación, identificar el punto de encuentro y reconocer las zonas seguras del lugar donde te encuentres”, expresó Onesvie.
Un país sobre una zona sísmica activa
República Dominicana se encuentra en el límite entre las placas tectónicas de Norteamérica y el Caribe. En su territorio y zonas próximas han sido identificadas múltiples estructuras sísmicas activas, entre ellas la falla Septentrional, la falla de Enriquillo, la Trinchera de La Española y la Trinchera de los Muertos.
El terremoto dominicano más destructivo del último siglo ocurrió el 4 de agosto de 1946. Las estimaciones sobre su magnitud varían según las fuentes y métodos de análisis, pero los registros internacionales lo sitúan alrededor de magnitud 8. El movimiento generó un tsunami que afectó la costa norte. El Servicio Geológico de Estados Unidos recoge estimaciones históricas de más de 1.600 fallecidos.
El último terremoto con víctimas registrado en territorio dominicano ocurrió el 22 de septiembre de 2003, con magnitud 6,5. El sismo afectó principalmente a Puerto Plata, dejó tres fallecidos y produjo daños en viviendas, establecimientos comerciales e infraestructuras.
La amenaza tampoco termina cuando cesa la sacudida. Un terremoto con epicentro marino puede generar un tsunami, especialmente en comunidades costeras. En esos lugares, un movimiento fuerte o prolongado debe ser considerado una señal natural para desplazarse hacia zonas elevadas, sin esperar necesariamente una notificación oficial.
El Caribe ya conoce las consecuencias
El contexto regional demuestra que el riesgo no es hipotético. El terremoto de magnitud 7,0 ocurrido en Haití en enero de 2010 provocó una catástrofe humana y evidenció cómo la vulnerabilidad de las edificaciones, la densidad urbana y las limitaciones institucionales pueden multiplicar los efectos de un fenómeno natural.
En agosto de 2021, otro terremoto de magnitud 7,2 golpeó el sur de Haití, causando miles de fallecidos y daños extensos. Puerto Rico, por su parte, sufrió en enero de 2020 un sismo de magnitud 6,4, precedido y seguido por una prolongada secuencia sísmica que afectó viviendas, escuelas, carreteras y servicios esenciales.
La historia regional también incluye tsunamis destructivos. En 1918, un terremoto de magnitud aproximada 7,5 en el canal de la Mona generó olas de hasta seis metros en Puerto Rico. Los registros citados por el USGS atribuyen 40 muertes al tsunami y otras 76 al terremoto.
Estos antecedentes explican por qué República Dominicana necesita integrar sus simulacros sísmicos con protocolos de tsunami, especialmente en las provincias costeras y en zonas hoteleras donde existe una elevada población flotante que podría desconocer las rutas locales.
Lo que exigen los estándares internacionales
El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres establece que la preparación no consiste únicamente en responder cuando ocurre una emergencia. Requiere conocer el riesgo, fortalecer la gobernanza, invertir en prevención y mejorar las capacidades de respuesta y recuperación.
La experiencia internacional indica que un simulacro debe terminar con una evaluación posterior a la acción. Ese informe debe contener, al menos, participación desagregada por territorio, tiempos de evacuación, funcionamiento de las alertas, incidentes, obstáculos, comportamiento de las comunicaciones, atención a grupos vulnerables y medidas correctivas.
La tecnología es importante, pero no sustituye la resistencia de las edificaciones. El Banco Mundial ha advertido que en el Caribe persisten brechas entre la existencia de códigos de construcción y su aplicación efectiva, debido, entre otros factores, a las construcciones informales, la limitada capacidad de fiscalización y la falta de controles técnicos.
Entonces, ¿estamos preparados?
El simulacro mostró avances importantes, pero todavía no permite responder afirmativamente. La participación de más de 3,2 millones de personas, la activación de Cell Broadcast y la prueba de drones representan progresos concretos. Sin embargo, la preparación nacional no puede medirse solamente por la cantidad de personas que salieron de sus edificios.
Hasta ahora no se ha divulgado públicamente un informe técnico consolidado con los tiempos de evacuación por provincia, los fallos detectados, la cobertura exacta de las alertas, la respuesta de hospitales y escuelas, las condiciones de las rutas de emergencia ni un calendario para corregir las deficiencias.
El hecho de que el mensaje móvil llegara a más de la mitad de la población es un punto de partida, no una cobertura definitiva. De igual manera, disponer de drones en gran parte del Distrito Nacional constituye una capacidad relevante, pero un terremoto severo podría afectar simultáneamente varias provincias y dañar carreteras, puentes, redes eléctricas, acueductos y sistemas de comunicación.
La principal conclusión es que República Dominicana está más consciente y cuenta con nuevas herramientas, pero aún debe demostrar que esas capacidades pueden mantenerse bajo las condiciones reales de una catástrofe.
Un simulacro cumple su propósito cuando identifica errores y estos son corregidos. La preparación auténtica comienza después de la evacuación: con evaluaciones estructurales, ampliación de las alertas, capacitación periódica, planes inclusivos, reservas de agua y equipos, rutas para zonas costeras y publicación transparente de los resultados.
La pregunta, entonces, no es solamente si el simulacro fue exitoso. La pregunta decisiva es qué hará cada institución con las fallas que el ejercicio permitió descubrir.

