El meteorólogo Luis Carrera, de Telemundo 51 Miami, explicó cómo El Niño, el polvo del Sahara y los vientos en altura podían modificar las lluvias, las temperaturas y la formación de ciclones en el Caribe. En conversación con el periodista Cristián Torres, también analizó lo que podía ocurrir en Punta Cana y la provincia La Altagracia durante los meses de mayor actividad tropical.
El fenómeno de El Niño, la presencia periódica del polvo del Sahara y las variaciones en la humedad atmosférica conformaban una combinación capaz de alterar el comportamiento habitual del clima en el Caribe. Así lo explicó Luis Carrera, meteorólogo de Telemundo 51 Miami, durante una entrevista con el periodista Cristián Torres para Punta Cana TV.
La conversación, realizada en agosto de 2023, estuvo centrada en las condiciones observadas entonces en República Dominicana y, particularmente, en Punta Cana y la provincia La Altagracia, donde varios días de ambiente brumoso, temperaturas elevadas y escasas precipitaciones habían despertado inquietud entre residentes, trabajadores y visitantes.
Carrera explicó que la evolución del tiempo en el Caribe no dependía de un solo fenómeno. En aquel momento coincidían una masa de aire seco procedente de África, un episodio de El Niño en desarrollo y la proximidad de septiembre y octubre, los meses estadísticamente más activos de la temporada ciclónica del Atlántico.
La combinación, advirtió, podía reducir temporalmente la formación de lluvias y tormentas, pero no permitía descartar completamente la aparición de un sistema tropical.
“El hecho de que no hayamos tenido nada hasta ahora no implica que no lo tengamos en el próximo par de meses. No hay que bajar la guardia”, señaló.
El polvo del Sahara

El polvo del Sahara es un fenómeno recurrente en el Caribe. Se origina cuando grandes cantidades de partículas minerales son levantadas desde el norte de África y transportadas por los vientos a través del Atlántico.
Su presencia suele hacerse evidente por el aspecto blanquecino, grisáceo o amarillento del cielo, la reducción de la visibilidad y una sensación de ambiente seco y sofocante. En Punta Cana y otros puntos del este dominicano, estas incursiones pueden coincidir con jornadas de intenso calentamiento y una disminución importante de los aguaceros.
“El polvo del Sahara es un fenómeno típico que todos los años se presenta, básicamente, entre mayo o junio y por lo menos hasta agosto”, explicó Carrera.
El meteorólogo indicó que no se trata únicamente de partículas suspendidas. Estas viajan asociadas a una masa de aire extraordinariamente seca que limita la formación de nubes con suficiente desarrollo vertical para producir precipitaciones.
“Cuando hay polvo del Sahara es porque la masa de aire proviene justamente del desierto, que es una zona muy seca. Una de las primeras consecuencias es que el ambiente se ve más brumoso; el cielo no se observa azul, sino amarillento, lechoso”, describió.
Esa sequedad también repercute directamente en las posibilidades de lluvia.
“Al haber poca nubosidad, no tenemos lluvia. Por eso, cuando estamos en presencia de polvo del Sahara, es típico que no tengamos aguaceros o tormentas, o que estos sean mucho más anómalos”, agregó.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos —NOAA— explica que la llamada Capa de Aire Sahariano contiene aproximadamente un 50 % menos de humedad que la atmósfera tropical típica. Su aire seco, sus temperaturas elevadas y sus fuertes vientos pueden dificultar la organización e intensificación de los ciclones tropicales. Estas incursiones alcanzan su mayor frecuencia entre finales de junio y mediados de agosto, y comienzan a disminuir rápidamente después de ese periodo.
Para Punta Cana, su llegada puede traducirse en menos nubosidad, menor frecuencia de aguaceros y más horas de radiación solar directa. Aunque el termómetro no siempre alcance valores excepcionales, la combinación entre temperatura y humedad característica de la costa oriental puede elevar considerablemente la sensación térmica.
Carrera anticipaba entonces que las concentraciones de polvo comenzarían a moderarse con la llegada de septiembre.
“Todavía tenemos la llegada de polvo del Sahara durante lo que resta de agosto. Después, en septiembre, comienza a cambiar o, por lo menos, a moderarse su presencia, y deberíamos comenzar a ver un poco más de lluvia en todo el sector”, afirmó.
Los reportes meteorológicos dominicanos de agosto de 2023 coincidieron con esa descripción. La antigua Oficina Nacional de Meteorología —actual Indomet— informó sobre concentraciones leves o moderadas de polvo sahariano, cielos grisáceos, temperaturas calurosas y una limitación de las lluvias. En La Altagracia, sin embargo, el viento y algunas vaguadas también generaron chubascos pasajeros durante determinados días.
El fenómeno también posee una dimensión ambiental favorable. El polvo transporta hierro, fósforo y otros minerales que pueden depositarse en suelos y ecosistemas ubicados a miles de kilómetros de África.
“No es el polvo que limpiamos en la casa con un plumero. Es tierra procedente del desierto del Sahara que acarrea componentes químicos y minerales, y también tiene su lado positivo”, puntualizó Carrera.
La NASA ha documentado que estas partículas contribuyen con nutrientes a ecosistemas de América y pueden participar en la formación de suelos y playas caribeñas. Sin embargo, las concentraciones elevadas también pueden deteriorar la calidad del aire, reducir la visibilidad y agravar afecciones respiratorias.
Fenómeno de El Niño

El Niño es la fase cálida del fenómeno conocido como El Niño-Oscilación del Sur. Comienza con un calentamiento anormal de las aguas del Pacífico ecuatorial, pero sus consecuencias se extienden mucho más allá de esa región.
Puede modificar las lluvias, las temperaturas y la circulación de los vientos en distintas partes del planeta. Sus efectos, además, no son iguales en todos los territorios.
Carrera explicó que, mientras El Niño puede favorecer una mayor actividad ciclónica en determinadas zonas del Pacífico, generalmente produce un efecto contrario en el Atlántico y el mar Caribe.
“Los efectos son a escala global y diversos en cada punto del planeta. Específicamente en la cuenca del Atlántico y, por supuesto, en el Caribe, el viento en altura es mucho más fuerte, y esa condición inhibe la formación de sistemas tropicales”, sostuvo.
La clave está en la llamada cizalladura o cortante vertical del viento, que ocurre cuando su velocidad o dirección cambia considerablemente entre diferentes niveles de la atmósfera. Para que una tormenta tropical se organice, necesita mantener alineada su circulación desde las capas bajas hasta las más altas. Los vientos cortantes pueden inclinar, separar o desarticular esa estructura.
“El fenómeno de El Niño genera vientos fuertes en altura, también denominados vientos cortantes, que no favorecen la formación de ciclones tropicales en la cuenca del Atlántico”, explicó el especialista.
La NOAA confirma que los episodios moderados o fuertes de El Niño suelen incrementar la cizalladura vertical sobre sectores del Atlántico y, por esa vía, disminuir las condiciones favorables para el desarrollo de huracanes. Sin embargo, esto representa una tendencia general, no una garantía de protección para una isla, provincia o destino específico. Durante la entrevista, Carrera estimaba que El Niño 2023–2024 podía mantenerse hasta mayo o junio del año siguiente.
Temporada ciclónica disminuida
En el momento de la entrevista, la combinación entre El Niño y las incursiones de aire sahariano hacía pensar en una actividad ciclónica más limitada cerca del Caribe, especialmente durante las semanas dominadas por aire seco y fuertes vientos en altura.
“Siempre que hay polvo del Sahara denso, la posibilidad de que se forme un sistema tropical es baja”, explicó Carrera.
A ese factor se suma El Niño: “La temporada ciclónica se ve influenciada principalmente por dos cosas: el polvo del Sahara y la presencia del fenómeno de El Niño. Ambos factores dificultan la formación de sistemas tropicales”, añadió.

No obstante, Carrera insistió en que una posibilidad menor no equivale a una posibilidad inexistente. “La posibilidad de que algo se forme seguirá siendo baja. No es inexistente, pero sí es más baja que en otros años”, precisó.
Su advertencia resultaba especialmente importante para República Dominicana. Aunque la temporada oficial de huracanes del Atlántico se desarrolla entre el 1 de junio y el 30 de noviembre, la mayor parte de la actividad suele concentrarse entre agosto y octubre. Septiembre representa históricamente el punto máximo de formación de tormentas y huracanes.
“Si bien es cierto que la temporada comienza el primero de junio, la actividad aumenta realmente en septiembre y octubre. Estos son los meses más activos, así que todavía estamos en el espacio y el tiempo correctos para que algo se forme”, advirtió Carrera.
La evolución posterior de 2023 demostró precisamente por qué los pronósticos estacionales no deben interpretarse como certezas locales. Aunque El Niño ejercía una influencia potencialmente inhibidora, las temperaturas excepcionalmente cálidas del Atlántico contrarrestaron parte de ese efecto.
La temporada concluyó con 20 tormentas con nombre, siete huracanes y tres huracanes de gran intensidad, por lo que fue clasificada por la NOAA como una temporada superior a lo normal. Los análisis posteriores determinaron que el Atlántico extraordinariamente cálido compensó buena parte del efecto habitual de El Niño.
República Dominicana fue afectada ese mismo agosto por la tormenta tropical Franklin, que atravesó el país el día 23 y dejó acumulaciones significativas de lluvia. La memoria institucional de la Onamet registró valores de hasta 320.3 milímetros en la estación del Aeropuerto de La Romana, en la región oriental.
El episodio confirmó una regla esencial de la meteorología tropical: una temporada menos favorable para la formación de ciclones no elimina el riesgo de que un sistema particular afecte directamente un territorio.
Los próximos meses
Para Punta Cana y La Altagracia, Carrera proyectaba una transición gradual a medida que disminuyera la llegada de polvo sahariano. El retiro parcial del aire seco permitiría un aumento de la humedad, la formación de nubes y una mayor frecuencia de aguaceros.
“Con la disminución de las oleadas de polvo del Sahara, en septiembre deberíamos comenzar a ver un poco más de precipitación”, indicó.
No necesariamente tendría que tratarse de un ciclón. Las lluvias podían surgir por mecanismos habituales de la región: el paso de una onda tropical, una vaguada, el arrastre de humedad por el viento o la interacción entre el calentamiento diurno y la brisa marina.
“No digo que necesariamente sean sistemas tropicales, sino los típicos eventos de brisa marina que empujan humedad o el paso de una onda que deja algo más de lluvia”, aclaró.
Ese comportamiento coincide con la climatología de Punta Cana. Según el Centro Climático Regional del Caribe, la zona registra un promedio histórico aproximado de 1,134.6 milímetros de lluvia al año. El periodo más lluvioso suele extenderse entre septiembre y noviembre, con un promedio conjunto cercano a 379.8 milímetros, mientras octubre aparece como el mes de mayor precipitación, con alrededor de 141.2 milímetros.
Esto no significa que llueva durante todo el día ni que la actividad turística quede paralizada. En el este dominicano son frecuentes los aguaceros de corta duración, separados por intervalos de sol. Sin embargo, durante ondas tropicales, vaguadas o ciclones, las precipitaciones pueden volverse persistentes y producir acumulaciones importantes en pocas horas.
La ubicación costera de Punta Cana también favorece una relativa estabilidad de las temperaturas durante el año. Las mayores variaciones no siempre se observan en el termómetro, sino en la humedad, la nubosidad, el viento y la sensación térmica.
Carrera consideraba que el regreso de los aguaceros ayudaría a moderar paulatinamente las temperaturas máximas.
“En septiembre y octubre deberíamos comenzar a ver de forma un poco más frecuente aguaceros, chubascos y algunas tormentas en toda el área. Eso siempre limita la temperatura o impide que la máxima se dispare tanto”, explicó.
Para residentes, visitantes y empresas vinculadas al turismo, el mensaje central no era de alarma, sino de vigilancia. El polvo del Sahara podía disminuir las lluvias durante determinados periodos; El Niño podía dificultar la formación de algunos ciclones, y la llegada de septiembre podía devolver humedad e inestabilidad al Caribe. Ninguno de esos elementos, por separado, permitía anticipar con exactitud lo que sucedería en Punta Cana.
La meteorología estacional trabaja con probabilidades y tendencias generales. El lugar de formación de una tormenta, su intensidad y su trayectoria dependen de condiciones atmosféricas que pueden cambiar en cuestión de días.
Por eso, más allá de cualquier proyección de largo plazo, Carrera dejó una recomendación clara: “No hay que bajar la guardia. Que no se haya formado algo importante hasta ahora no significa que no pueda ocurrir durante los próximos meses”.

