Nació en medio de una época decisiva para la República Dominicana, atravesó años de construcción, vivió uno de los episodios más dolorosos de la fe nacional y hoy se alza como uno de los grandes emblemas espirituales del país. La Basílica de Higüey no solo resguarda devoción: guarda historia, memoria e identidad.
La Basílica de Higüey no se explica solo desde la fe. También se entiende desde la historia dominicana. El proyecto tomó impulso en 1954, en pleno período trujillista, cuando el país buscaba levantar un santuario monumental para la devoción a la Virgen de la Altagracia. La obra avanzó por casi dos décadas y terminó por transformar el perfil urbano y espiritual de Higüey. El diseño surgió de un concurso internacional y recayó en los arquitectos franceses André-Jacques Dunoyer de Segonzac y Pierre Dupré, autores de una estructura que sustituyó al antiguo santuario y convirtió a La Altagracia en uno de los grandes centros religiosos del Caribe.

La inauguración llegó el 21 de enero de 1971, ya bajo la Presidencia de Joaquín Balaguer, y el acto tuvo un peso político, religioso y nacional. No fue una simple apertura de puertas: fue una puesta en escena de país, con autoridades civiles, eclesiásticas y diplomáticas reunidas en torno a un templo que el Congreso declaró “monumento nacional”. En ese contexto, Balaguer dejó una frase que ayuda a entender la dimensión simbólica del momento al afirmar que el pueblo dominicano “la identifica con la propia imagen de la Patria”. Y desde la Iglesia, monseñor Juan Félix Pepén empujó el sentido de la jornada aún más lejos al definir la inauguración como “un punto de partida”, es decir, el inicio de un nuevo ciclo para la Iglesia dominicana.
Pero ese mismo 1971 también abrió una de las páginas más dolorosas de esta historia. El 17 de julio, apenas meses después de la inauguración, fue robado el cuadro de la Virgen de la Altagracia, en un hecho que sacudió al país y desató una reacción inmediata de angustia colectiva. La investigación estableció que el robo había sido planificado durante semanas y que buscaba exigir un rescate. La imagen fue recuperada en menos de 60 horas, y el retorno a Higüey desató escenas de fervor popular. Al recibirla de vuelta, monseñor Pepén condenó las “manos sacrílegas” que intentaron convertir la imagen en “un objeto de lucro”, mientras Balaguer agradeció el esfuerzo conjunto con una frase breve, pero potente: “cuando hay cooperación de todos, todo es posible”.
Desde entonces, la Basílica dejó de ser únicamente una obra arquitectónica. Se convirtió en un emblema nacional. Su historia reúne devoción popular, poder político, memoria colectiva y sentido de pertenencia. Hoy, más de medio siglo después de su inauguración, sigue convocando peregrinos, turistas y creyentes que la reconocen como orgullo de La Altagracia y como una de las imágenes más contundentes de la cristiandad dominicana. La Basílica no solo guarda una tradición: la proyecta. Y cada 21 de enero confirma que en Higüey no se levanta solo un templo, sino una parte viva del alma dominicana.

